Tiene calor la Luna

Por: Mateo Baumag

¡Mira m’ijo! – y señalaba, levantando la mano encorvada por los años y marchitada por el trabajo- atrás de ese cerro, está el corral de Don Aquiles. ¿Lo ves? ¿si? Fíjate bien que vas a hacer.
El niño estaba atento a las palabras de su padre. Se tapaba el sol con su mano izquierda y con la derecha jugaba nervioso con su camisa. El sombrerito de paja que le tapaba la cabeza estaba todo agujereado y roído. Él sabía que se lo habían comprado en una feria hace años, pero la verdad era que su madre lo había cambiado por una bolsita de frijoles. “¡El niño debe tener su sombrero! ¡Para que parezca hombre!” decía su papá, algo borracho y recargado en la puerta, viéndolo jugar en la tierra.

Mira, le gritas bien fuerte desde la puerta, grítale que se escaparon sus pollos y esperas a que salga. Deja que pregunte lo que sea, tú sólo dile que caminabas de regreso del pozo y que viste como todos sus animales salían del corral. Es un tonto ese Don Aquiles, ya verás que fácil cenamos gallina hoy m’ijo. ¡Y con esta hambre de días que me cargo!
En cuanto salga a buscarlos te metes al corralito que guarda dentro de su cocina y te pepenas a una gallina, la que sea, y pegas la carrera al otro lado de la loma y te regresas por el arroyo. ¿Entendiste?
¡Ande m’ijo, ande usted!


Y le dio una palmada en la nuca, como asustando a una de sus mulas.
El niño, obediente e inconsciente de lo que hacía, corrió bajo el sol que caía golpeando la tierra, el adobe, la madera y secando la yerba. El otro se quedó mirándolo, pasando su mano por los bordes de los labios que babeaban por el alcohol que sudaba abundantemente. Sus ojos, cansados de batallar con el sol, se cerraron mientras caminaba y entraba a la cabaña, sirviéndose otro vaso de mezcal.


El niño recordaba, mientras corría, todas las enseñanzas de su padre.
La sociedá es injusta m’ijo. A unos les da más que a otros y eso no está bien. Acuérdese de lo que digo, ¡guárdeselo en el corazón! Dios bien sabe que nos dio la tierra pá sembrarla, pá trabajarla y comerla. Pero no… ¡Ese Don Aquiles es un comodón! ¡Un indiferente al dolor de otros! ¿Crees que se enoje Dios si comemos? ¿Si tu madre y nosotros nos llenamos la barriga de comida que nos falta?
Y corría más fuerte, saltando piedras y reconstruyendo su plan. El sol quemaba sus huaraches mientras corría, convencido de hacerle un bien a la familia.


Ay Juancho -decía en voz baja su esposa- no deberías hacerle eso al chamaco… Pobrecito, siempre robando pá que comamos. Deberías aceptar ese trabajo en Mixclatilco, total, no está lejos.
Mientras amasaba hincada, con el vestido caído a los hombros y moviéndose con fuerza, su esposo la miraba con un cierto desprecio mezclado con candor. El mezcal hacía su trabajo. Lo hacía sentir fuerte, ajeno, joven, dueño de su destino.
El vestido caía más con el movimiento de los brazos y su cuello, su hombro y la mitad de su pecho, se asomaban excesivos y provocadores.
Sus ojos la desvestían con viveza mientras su mente jugaba con imágenes y palabras. Ella sabía que significaba ese silencio tan escandaloso… Se levantó y, como un mar que nos arropa en cada ola, ella fue quien abrigó a su esposo en cada beso violento.


Cayó la tarde y despertó cansado. El aire pesaba y el sol se disimulaba detrás del volcán que de lejos se hacía el indiferente y arrogante.


El olor a comida le provocó un fuerte mareo y un rechinido largo en el estómago. Sin obviarlo más, descubrió un perturbador olor a comida, sopa y gallina que inundaba a la cabaña. Levantó la cortina que dividía la cama con el resto de la casa y descubrió, con un júbilo renovado, a su hijo y esposa que platicaban sentados a la mesa.


Aquella fue una gran cena. Todos disfrutaban con agrado el sabor a gallina, a carne blanda y tortilla, a chile y sopa. Nadie preguntó cómo llegó aquella inocente ave a la mesa, todos omitían la plática para no angustiar el deleite de comer algo sólido.


Varios días pasaron y todos entraron a un estado de indulgencia, donde nadie gritaba, se ofendía o molestaba. La gallina se acabó al tercer día y la sopa duró un día más para mezclarse con tortilla y frijol.
Pero acabada la sopa, acabada la gracia…


Entras por detrás de la cantina, justo por donde están los baños. Ahí guardan las botellas y los refrescos. Te guardas una botellita de mezcal, de esas que usamos para el aceite, ¿te acuerdas? Si puedes, si nadie te ve, te traes dos, ¿entendiste? ¿te da miedo? ¡cómo te va a dar miedo si m’ijo es bien hombre! ¿verdad?
Papá, ¿Por qué traigo dos si siempre es una?


La tarde moría y agonizaba un poco fría para ser junio. Algo desesperado y molesto por el hambre y la sed de mezcal, miró al cielo.


M’ijo, tiene calor la Luna, ¿ya la viste? Está toda roja, ¡colorada de tanto calor en el día! Un poco de mezcal pá mí y otro pá ella, ¿estamos?


Cuando el niño se perdió entre sombras y ladridos de los perros que lo seguían, se sintió algo culpable. ¿Cuántos años más duraría aquella ingenuidad?
Se inclinó para recoger una piedra que lanzó con desaire. No escuchó donde cayó. Caminó hacia la entrada de su choza y prendió un cigarro.


El niño tardó mucho, demasiado.


Seguro se nos perdió, Juancho. Pobrecito… ¡Perdido y asustado!


Pues ni modo…
Y miró el horizonte preocupado, incómodo… Mortificado. Prendió un cigarro y contempló abatido a la tierra.

¿Sabes vieja? Tal vez sea hora de irme pá Mixclatilco.

Y se fue a buscar su mezcal…

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2 comments until now

  1. saaansaaiii, No má que rico leerte, es la primera vez que pongo mis ojitos en algo de lo que haces. Se disfruta harto.

    Cuidese y si uno de estos días andas de este lado avísame pa´toparnos igual y caes no?

  2. Ya sabes… cada semana aqui publicaremos un cuento, tenemos unos muy buenos…

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